Genética de precisión y adaptación climática, la alfalfa tiene futuro

La leguminosa tiene el desafío, en la actualidad, de desarrollarse en nuevos ambientes. En el marco de la Diplomatura en Producción de Alfalfa Sostenible, el doctor en agronomía Esteban Ríos, responsable del mejoramiento y genética de Forrajeras del departamento de Agronomía de la Universidad de Florida, EE.UU. abordó los programas de mejoramiento en los que se trabaja para lograr tal fin.

En los sistemas productivos globales, la reina de las forrajeras sigue posicionándose entre las mejores alternativas. En Argentina sigue ganando protagonismo, luego de años de estar en la sombra.

Con un valor que no reside únicamente en su excepcional perfil productivo, sino en su rol estratégico dentro de la rotación de cultivos y la sostenibilidad de los suelos, la alfalfa tiene futuro. 

Sin embargo, el escenario actual de cambio climático, caracterizado por una mayor variabilidad hídrica y regímenes térmicos extremos, exige que el mejoramiento genético deje de ser visto como una evolución inercial para convertirse en una necesidad táctica urgente.

En el marco de la Diplomatura en Producción de Alfalfa Sostenible, el doctor en agronomía Esteban Ríos, responsable del mejoramiento y genética de Forrajeras del departamento de Agronomía de la Universidad de Florida, EE.UU. abordó los programas de mejoramiento que enfrentan hoy el desafío de desarrollar cultivares capaces de prosperar en «nuevos ambientes y bajo estreses abióticos como el hídrico y las altas temperaturas». 

Rios subrayó la relevancia de la especie destacando su «calidad nutricional y capacidad de fijar nitrógeno», factores que la posicionan como un pilar para la producción sostenible. No obstante, para que la alfalfa mantenga su competitividad en sistemas cada vez más dinámicos, es imperativo trascender los métodos tradicionales de selección y adoptar un enfoque de precisión.

Una revolución de tiempos… de 15 a 7 Años

El mejoramiento de la alfalfa es una tarea de alta complejidad técnica. Su naturaleza autotetraploide (cuatro copias de cada cromosoma) y su carácter perenne imponen ciclos de evaluación naturalmente extensos. 

Tradicionalmente, la liberación de un nuevo cultivar es una carrera de resistencia que puede demandar entre 10 y 15 años, un tiempo que no coincide con las demandas del mercado ni con la velocidad del cambio ambiental.

Para acortar esta brecha, Rios propone una transición disruptiva hacia un modelo que integra múltiples disciplinas tecnológicas, una estrategia que ya ha demostrado su éxito en otros sectores, como la industria de los arándanos. 

El contraste entre el modelo tradicional y la propuesta actual se resume en los siguientes ejes:

  • Integración tecnológica: El nuevo paradigma se apoya en la fenómica (estudio masivo de rasgos físicos), la genómica (información molecular) y la ambientómica (datos climáticos y de suelo).
  • Reducción de ciclos: Mediante la selección genómica, el objetivo es reducir el desarrollo de cultivares de los 15 años actuales a tan solo 7 u 8 años.
  • Impacto estratégico: Esta aceleración permite que las mejoras en resiliencia lleguen al campo con mayor agilidad, maximizando el beneficio humano y la sostenibilidad ambiental.

Esta optimización temporal es el motor que permite sostener la estructura de cualquier programa de mejoramiento que aspire a liderar la frontera productiva actual.

En el núcleo del éxito forrajero se encuentra la Ganancia Genética, el incremento promedio en el valor genético de una población tras la selección. Lograr este avance requiere el manejo de cuatro parámetros fundamentales: la heredabilidad del carácter, la variabilidad fenotípica, la intensidad de selección y el intervalo generacional.

Rios destaca que «reducir el tiempo del intervalo generacional es crucial en especies perennes», ya que cada año ahorrado acelera la tasa de ganancia anual. Para lograrlo, el programa diferencia dos enfoques: la selección asistida por marcadores para caracteres cualitativos y la selección genómica para caracteres cuantitativos, como el rendimiento. 

El gran desafío es gestionar la intensidad de selección; si es demasiado baja, el progreso se estanca, pero si es excesiva, se arriesga la diversidad genética necesaria. La clave reside en aprovechar la alta variabilidad fenotípica, que actúa como el verdadero combustible para mejorar la respuesta a la selección.

La genética no actúa en el vacío; el éxito del cultivo está dictado por la interacción G x A x M (Genotipo, Ambiente y Manejo). Un hallazgo crítico de la red de evaluación es el denominado «gap de rendimiento»: la ganancia genética en biomasa es evidente en ambientes con alta presión de enfermedades, mientras que en condiciones de bajo estrés, la brecha entre materiales antiguos y modernos se reduce. Esto confirma que la resistencia a patógenos de raíz y corona es el factor que realmente sostiene la persistencia.

Un ejemplo paradigmático del componente «M» (Manejo) surge en suelos arenosos con menos del 1% de materia orgánica. Experiencias técnicas han demostrado que aplicar 200 kg de Nitrógeno (frente a los 80 kg estándar) junto con Potasio y un control riguroso de malezas, potencia el desarrollo radicular inicial y supera los techos productivos zonales.

Para modelar estas realidades, la ambientómica permite integrar la variación temporal y las condiciones ambientales específicas para predecir la persistencia, el rasgo más complejo de capturar. Este enfoque es vital en programas como el de Florida, que utiliza materiales de los grupos de no dormancia 8 a 10 originarios de Argentina, Uruguay y Chile, adaptándolos a suelos limitantes y climas subtropicales.

Incorporación de tecnologías: Sensores, drones y edición génica

Para escalar la evaluación sin multiplicar los costos operativos, el fenotipado de precisión es la herramienta definitiva. El uso de sensores multiespectrales y drones ha transformado la capacidad logística de los programas:

  • Escalabilidad: Se ha logrado duplicar la capacidad de evaluación, pasando de 500 a 1000 unidades experimentales con el mismo recurso humano.
  • Eficiencia de datos: El uso de índices como el NDVI permite una reducción del 70% en la mano de obra de campo.
  • Precisión predictiva: Un hito técnico fundamental es la capacidad de predecir el rendimiento acumulado anual realizando apenas 5 de las 11 cosechas típicas, lo que reduce a la mitad el tiempo de toma de decisiones.

En el plano molecular, la edición génica (CRISPR) se diferencia de la transgenia al no insertar ADN externo. En Argentina, la Dra. Gabriela Soto (INTA Castelar) lidera desarrollos centrados en la resistencia al estrés hídrico y el rasgo «stay green» (retraso de la floración), buscando optimizar la calidad nutricional y la biomasa bajo condiciones climáticas adversas.

La visión de Esteban Rios para el futuro de la alfalfa trasciende el rendimiento cuantitativo; el objetivo final es la resiliencia sistémica. La identificación de «megaambientes» mediante la colaboración internacional entre la Universidad de Florida y el INTA es un paso esencial para optimizar las redes de evaluación y asegurar que los cultivares funcionen en condiciones reales de producción.

Por lo que, en un escenario de variabilidad extrema, el mejoramiento debe priorizar la supervivencia y la estabilidad. Como señala Rios, la adaptación al cambio climático es el punto fundamental para garantizar no solo la continuidad del cultivo, sino la rentabilidad y la seguridad forrajera de las próximas décadas.

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