Román Rossi es un empresario con un amplio recorrido pero “nuevo” en el sector. “Hace solo dos años que nos metimos en esto”, aseguró en diálogo con SomosAlfalfa.

Hoy el productor argentino se encuentra ante el gran desafío de transformar la alfalfa argentina en un estándar de exportación global. Román Rossi, un empresario con una formación destacada en diversos negocios pero aborda el cultivo de la alfalfa sin los sesgos del tradicionalismo agropecuario, lo que le permite actuar como un analista crítico de las ineficiencias del sector.
Su perspectiva de «recién llegado» es, en realidad, una ventaja estratégica: donde el ojo acostumbrado ve normalidad, él identifica cuellos de botella que impiden la comoditización del forraje a escala global.
En diálogo con SomosAlfalfa analizó la realidad del sector, según su perspectiva, en este breve pero intensivo proceso de aprendizaje. Rossi ha comprendido que la alfalfa no permite medias tintas.

Para el empresario, la resiliencia en este nicho se define por una tríada de recursos finitos: según sus propias palabras, para prosperar se requiere tener «plata, paciencia y al fondo».
Esta máxima del campo subraya que la inversión no es solo inicial, sino que debe ser profunda y sostenida para resistir una curva de aprendizaje donde el mercado exterior no espera a quienes no logran estandarizar su oferta. Esta transición de una cultura productivista a una empresarial coincide con un pico de demanda externa que exige, ante todo, previsibilidad técnica.
La carrera por el color y la humedad
Argentina atraviesa un momento bisagra: el paso de ser un proveedor de consumo doméstico a convertirse en un actor competitivo frente a potencias como Estados Unidos o España. El desafío no es productivo, sino cualitativo.
Los compradores internacionales han sido educados bajo el estándar del «tromel» (deshidratado industrial), que garantiza un producto visualmente impecable. Aunque el secado al sol argentino es intrínsecamente valorado por sus propiedades nutritivas, carece de la uniformidad estética que hoy exige el mercado premium.

Para Rossi, alinearse con estas potencias requiere una reingeniería de post-cosecha. La exportación no es simplemente vender excedentes, es cumplir con una ficha técnica rigurosa donde dos factores son innegociables:
El tema logístico: El desafío de que el puerto no devore la rentabilidad
La competitividad de la proteína vegetal argentina se libra hoy en las rutas, no en los lotes. El incremento sostenido en los costos de los combustibles ha generado una asimetría logística que amenaza con neutralizar las ventajas comparativas del país. Rossi advierte sobre una distorsión de precios que debería encender las alarmas en toda la cadena: «Lo que te sale llevar una mercadería de Córdoba al puerto, te sale lo mismo que llevar el contenedor a Arabia Saudita o Emiratos Árabes».
Esta paridad de costos —donde el flete terrestre interno iguala al flete marítimo internacional— borra de un plumazo la proximidad geográfica y obliga a repensar el transporte. Por eso, destaca la importancia de la multimodalidad y el uso estratégico del ferrocarril.
El tren no es una opción nostálgica, es la única vía para que el interior argentino no quede, en términos económicos, más lejos del puerto que lo que el puerto está de Oriente Medio.
La apuesta por el secado controlado
Para mitigar el riesgo climático y cumplir con los estándares de exportación, Rossi está incursionando en una tecnología intermedia: instala una planta de secado controlado. Es una distinción técnica fundamental: «No de deshidratado, es de secado», aclara.
Mientras que el deshidratado industrial mediante tromel puede ser agresivo con la estructura de la planta, el secado controlado busca simular las condiciones ideales del sol pero en un ambiente regulado.
Este enfoque resuelve el dilema histórico del productor argentino: cómo bajar la humedad sin perder la hoja. Al controlar las variables ambientales, se asegura que la hoja —donde reside el mayor valor proteico— permanezca adherida al tallo.
El protocolo de profesionalización que Rossi impulsa consta de tres etapas críticas:
Hacia la transparencia de precios
Históricamente, la alfalfa en Argentina ha operado en un limbo de informalidad, careciendo de un mercado de referencia como el que disfrutan la soja o el maíz. Sin una cotización en bolsa, el productor se encontraba a merced de la volatilidad local. Sin embargo, la consolidación de la exportación está funcionando como un mecanismo de «descubrimiento de precios», profesionalizando toda la cadena de valor.
Para Rossi esta apertura externa es el motor que finalmente ordenará el sector forrajero. La existencia de valores internacionales proporciona un norte económico que permite planificar inversiones a largo plazo.
Según su análisis: «El productor está ante una gran posibilidad… hoy tenemos la exportación que ya nos está dando valores referenciales». Esta formalización obliga a un cambio cultural: para cobrar precios internacionales, hay que producir con estándares internacionales.
Por lo tanto, es clara la necesidad de invertir en tecnología de secado, eficiencia logística e insistir en la calidad estandarizada (humedad y color).
La oportunidad histórica para que Argentina se consolide como un exportador de proteína vegetal de alta precisión está sobre la mesa, pero requiere humildad intelectual y rigor académico.